Tres formas de hacer política
Brasil, Venezuela y Ecuador mostraron,
en casi una misma semana, diferentes ejemplos de lo que significa el poder para cada uno de sus gobernantes.
en casi una misma semana, diferentes ejemplos de lo que significa el poder para cada uno de sus gobernantes. Por: Alejandra Conti
En una misma semana América latina dio tres ejemplos diferentes, tres modelos, de formas de ejercer el gobierno y el poder.
Uno está en marcha, y son las elecciones en Brasil. Ejemplo en muchos sentidos, no se puede argumentar que su dimensión de país-continente sea la fuente de sus virtudes y bonanzas. Esa misma dimensión es el origen de muchos de sus muy graves problemas. A pesar de todo, Brasil marcha para adelante como la locomotora de Sudamérica.
El proceso democrático no se ha interrumpido ni se vio amenazado desde el final de la última dictadura y sus políticas más importantes son políticas de Estado.
Luiz Inácio Lula da Silva siguió muchas de las iniciativas de Fernando Henrique Cardoso e impuso las propias, a nivel social, económico e industrial. Brasil como país tiene objetivos claros y determinados, gobierne quien gobierne, pero también porque quienes ejercen el poder reconocen ese acuerdo básico y lo respetan.
Lula también comparte con sus colegas de la región cierta intolerancia hacia las críticas que provienen de la prensa. No sólo eso, a la candidata a sucederlo no la eligió una interna del Partido de los Trabajadores sino él mismo, a dedo.
Esa implícita garantía de continuidad parece ser el principal atractivo de Dilma Rousseff para el electorado.
Votos y bancas. En Venezuela, las elecciones legislativas de la semana pasada volvieron a encarrilar una realidad que se había torcido en 2005.
Ese año, la oposición boicoteó las elecciones y no se presentó. Resultado: la Asamblea (Congreso) quedó enteramente en manos del oficialismo.
Con el tiempo algunos legisladores fueron cambiando su lealtad a Hugo Chávez y al final del ciclo unas 30 bancas eran opositoras. El error y la irresponsabilidad cívica de la oposición permitieron que durante casi cinco años Chávez gobernara sin oposición legislativa.
Las elecciones del domingo pasado no le dieron al presidente los dos tercios de la Asamblea que anhelaba, pero lógicamente aumentó considerablemente el número de escaños opositores. Es lo que ocurre en las democracias.
En una de las conferencias de prensa que dio tras los comicios, el mandatario tardó nueve minutos en no responder la pregunta de una periodista sobre la reforma de las circunscripciones electorales, un elemento clave en el hecho de que la oposición no hubiera sacado aún más bancas. Fueron nueve minutos de agravios y desdén, pero muy reveladores para entender su no respuesta.
Quienes vienen insistiendo sin resultados en comparar a Chávez con Juan Domingo Perón, esta vez pueden celebrar haber encontrado un punto en común. La maniobra de Chávez para cambiar el mapa electoral tiene el mismo corte y la misma intención con la que Perón redujo al mínimo la representación opositora en el Congreso en 1952.
En Venezuela, la oposición a Chávez empató en votos al oficialismo pero sacó un tercio de las bancas en disputa.
La oposición, por su parte, parece no terminar de entender que Chávez es popular no sólo por su carisma sino porque ha instrumentado planes que beneficiaron a los sectores sociales más desprotegidos. Esos sectores se sienten empoderados por el presidente y no tienen por qué creer en quienes representan a una clase social otrora opresora.
¿Sublevación o golpe? En Ecuador, el oficialismo habla de intento de golpe y hasta de posibilidad de guerra civil, de una acción planificada y de participación de sectores interesados en desestabilizar al gobierno.
Si se corroborara esto, la realidad sería aún más triste de lo que parece, porque querría decir que el ciclo que llevó a ocho presidentes al gobierno entre 1997 y 2007 no se ha cerrado y la democracia no está consolidada.
Lo que no se puede dejar de ver al momento de evaluar lo que sucedió es que hasta un minuto antes de que el presidente se presentara en el cuartel de los policías no se hablaba ni de golpe, ni de guerra civil, sino de una mera huelga policial. Tanto, que el presidente consideró que con su sola presencia podría resolver el conflicto. Por eso se presentó sin llevar propuestas negociadoras.
Está bien; es el presidente, se podrá argumentar. Sin embargo, lo que se necesitaba en ese momento, en primer lugar, era a la autoridad policial. Si esta no podía, no quería o no sabía actuar, correspondía destituirla.
El Ministerio del Interior debía entonces arbitrar las medidas, que las hay, para llegar a un acuerdo y apaciguar los ánimos. En última instancia, si una mediación u otros intentos fracasaban, Correa podría haber recibido a una delegación policial en la sede del gobierno.
Al presentarse en el cuartel de la forma en que lo hizo, no sólo demostró un personalismo exacerbado, sino incapacidad para medir las posibles consecuencias, personales e institucionales, de su temeridad. Podría haber terminado en un desastre. Por el momento, la duda sigue planteada: ¿insurrección o golpe? Se aclarará con el tiempo, o será un motivo más de polarización, esa polarización que caracteriza a demasiados gobiernos de la región.
Una señal que no ayuda a la versión del gobierno: el cerrojo informativo durante siete horas, que no permitió la transmisión de radios y televisoras privadas.
Lo positivo: la reacción unánime de los presidentes de la Unasur para respaldar al gobierno de Ecuador.
Uno está en marcha, y son las elecciones en Brasil. Ejemplo en muchos sentidos, no se puede argumentar que su dimensión de país-continente sea la fuente de sus virtudes y bonanzas. Esa misma dimensión es el origen de muchos de sus muy graves problemas. A pesar de todo, Brasil marcha para adelante como la locomotora de Sudamérica.
El proceso democrático no se ha interrumpido ni se vio amenazado desde el final de la última dictadura y sus políticas más importantes son políticas de Estado.
Luiz Inácio Lula da Silva siguió muchas de las iniciativas de Fernando Henrique Cardoso e impuso las propias, a nivel social, económico e industrial. Brasil como país tiene objetivos claros y determinados, gobierne quien gobierne, pero también porque quienes ejercen el poder reconocen ese acuerdo básico y lo respetan.
Lula también comparte con sus colegas de la región cierta intolerancia hacia las críticas que provienen de la prensa. No sólo eso, a la candidata a sucederlo no la eligió una interna del Partido de los Trabajadores sino él mismo, a dedo.
Esa implícita garantía de continuidad parece ser el principal atractivo de Dilma Rousseff para el electorado.
Votos y bancas. En Venezuela, las elecciones legislativas de la semana pasada volvieron a encarrilar una realidad que se había torcido en 2005.
Ese año, la oposición boicoteó las elecciones y no se presentó. Resultado: la Asamblea (Congreso) quedó enteramente en manos del oficialismo.
Con el tiempo algunos legisladores fueron cambiando su lealtad a Hugo Chávez y al final del ciclo unas 30 bancas eran opositoras. El error y la irresponsabilidad cívica de la oposición permitieron que durante casi cinco años Chávez gobernara sin oposición legislativa.
Las elecciones del domingo pasado no le dieron al presidente los dos tercios de la Asamblea que anhelaba, pero lógicamente aumentó considerablemente el número de escaños opositores. Es lo que ocurre en las democracias.
En una de las conferencias de prensa que dio tras los comicios, el mandatario tardó nueve minutos en no responder la pregunta de una periodista sobre la reforma de las circunscripciones electorales, un elemento clave en el hecho de que la oposición no hubiera sacado aún más bancas. Fueron nueve minutos de agravios y desdén, pero muy reveladores para entender su no respuesta.
Quienes vienen insistiendo sin resultados en comparar a Chávez con Juan Domingo Perón, esta vez pueden celebrar haber encontrado un punto en común. La maniobra de Chávez para cambiar el mapa electoral tiene el mismo corte y la misma intención con la que Perón redujo al mínimo la representación opositora en el Congreso en 1952.
En Venezuela, la oposición a Chávez empató en votos al oficialismo pero sacó un tercio de las bancas en disputa.
La oposición, por su parte, parece no terminar de entender que Chávez es popular no sólo por su carisma sino porque ha instrumentado planes que beneficiaron a los sectores sociales más desprotegidos. Esos sectores se sienten empoderados por el presidente y no tienen por qué creer en quienes representan a una clase social otrora opresora.
¿Sublevación o golpe? En Ecuador, el oficialismo habla de intento de golpe y hasta de posibilidad de guerra civil, de una acción planificada y de participación de sectores interesados en desestabilizar al gobierno.
Si se corroborara esto, la realidad sería aún más triste de lo que parece, porque querría decir que el ciclo que llevó a ocho presidentes al gobierno entre 1997 y 2007 no se ha cerrado y la democracia no está consolidada.
Lo que no se puede dejar de ver al momento de evaluar lo que sucedió es que hasta un minuto antes de que el presidente se presentara en el cuartel de los policías no se hablaba ni de golpe, ni de guerra civil, sino de una mera huelga policial. Tanto, que el presidente consideró que con su sola presencia podría resolver el conflicto. Por eso se presentó sin llevar propuestas negociadoras.
Está bien; es el presidente, se podrá argumentar. Sin embargo, lo que se necesitaba en ese momento, en primer lugar, era a la autoridad policial. Si esta no podía, no quería o no sabía actuar, correspondía destituirla.
El Ministerio del Interior debía entonces arbitrar las medidas, que las hay, para llegar a un acuerdo y apaciguar los ánimos. En última instancia, si una mediación u otros intentos fracasaban, Correa podría haber recibido a una delegación policial en la sede del gobierno.
Al presentarse en el cuartel de la forma en que lo hizo, no sólo demostró un personalismo exacerbado, sino incapacidad para medir las posibles consecuencias, personales e institucionales, de su temeridad. Podría haber terminado en un desastre. Por el momento, la duda sigue planteada: ¿insurrección o golpe? Se aclarará con el tiempo, o será un motivo más de polarización, esa polarización que caracteriza a demasiados gobiernos de la región.
Una señal que no ayuda a la versión del gobierno: el cerrojo informativo durante siete horas, que no permitió la transmisión de radios y televisoras privadas.
Lo positivo: la reacción unánime de los presidentes de la Unasur para respaldar al gobierno de Ecuador.
Extraído del Diario La Voz del Interior
Domingo 3 de octubre de 2010
Domingo 3 de octubre de 2010
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