Pensamiento de la Iglesia Católica sobre la Homosexualidad
Antología de la Homosexualidad
Vivimos una era de la información y tiempos en que las comunicaciones han adquirido un carácter nunca antes experimentado por la humanidad, más, simultáneamente, la falta de interés por el conocimiento y la búsqueda de la verdad han conducido a gran parte de nuestra sociedad a experimentar elevados grados de ignorancia, reflejados en los abundantes juicios insensatos que día a día escuchamos. Opiniones, muchas veces basadas en la comodidad, donde buenas intenciones alejadas de la realidad causan un daño inimaginable a millones de personas.
La homosexualidad representa a una desviación de la conducta natural, que afecta la vida de una proporción de la población. Las cifras fluctúan según estimaciones de unos y otros especialistas, entre el 1,5 y sobre el 3% de la población.
Aún así, es un estado de vida tan incomprendido como también lo es el desconocimiento sobre la posición de la Iglesia Católica frente a esta realidad que afecta a tantas personas y familias.
¿Qué es la homosexualidad?
Por homosexualidad se entiende la inclinación amorosa y sexual hacia individuos del mismo sexo, constituyendo un fenómeno de excepción. Se sabe poco acerca de las causas de la homosexualidad, en la actualidad, no hay una explicación acabada de cómo una persona llega a convertirse en homosexual, manifestando una inclinación erótica (afectiva y sexual) hacia individuos de su propio sexo.
¿Cómo es sentirse homosexual?
Es extremadamente difícil para el homosexual aceptar su condición de tal: deben sobrellevar una gran lucha interior y frustración frente a la impotencia de no poder sentir estímulos ni atracción por el otro sexo; ellos saben que nunca la tendrán, ya que esto requiere una serie de condiciones psíquicas y físicas que jamás obtendrán.
Ser “diferente”, trae consigo fuertes conflictos con la familia; la imposibilidad de llegar a formar una familia propia por medio del matrimonio; y en consecuencia, de formar hijos biológicos; deben enfrentar el desprecio de muchos de sus antiguos amigos durante toda su vida; y resignarse a sufrir grandes sentimientos de angustiosa soledad e incomprensión por el resto de su vida, cuando son rechazados.
Ellos deben aceptar la incomprensión y el rechazo de muchas personas, y que lo hacen sólo por considerarlos diferentes; sin importarles que los homosexuales también son personas, que, al igual que todos los seres humanos, nunca han tenido la oportunidad de elegir su sexo o condición sexual (irreversible). Y, lo peor, es que muchos de estos “críticos” se toman la libertad de hacerlo en nombre de la Iglesia.
Quien critica a una persona homosexual, no sabe, o no quiere aceptar, que es un ser humano con dignidad de tal. Su valor, como persona, es el mismo que el de toda persona, posición mantenida por la Iglesia. Más aún: la Iglesia califica su condición “Como una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto y delicadeza”; “Se debe evitar todo tipo de discriminación injusta”; “Los homosexuales están llamados a realizar la voluntad de Dios en su vida”; y considera a las dificultades que puedan encontrar en sus vidas, por causa de su condición, como su cruz personal (Catecismo de la Iglesia Católica).
La familia y las amistades, el apoyo natural e indispensable
Sus opciones en la vida son realmente más difíciles que las de quienes se autodenominan “normales”. Todo homosexual tiene necesidad y derecho a la amistad desinteresada y a desarrollarse como una persona integral en lo físico, psíquico y espiritual. La sexualidad de los esposos es fuente de alegría y de agrado, no siendo fácil, para ningún homosexual, saber que estará privado de por vida de esta satisfacción (matrimonio, hijos, familia, sexo,..). Por lo tanto, un homosexual merece todo nuestro respeto y, al menos, el mismo trato que se da a los demás. Nadie debe, con una actitud irresponsable, dificultar aún más la vida de estas personas, que son y sienten igual que nosotros, en todo, menos en lo sexual.
El impacto que causa en una familia conocer la condición de uno de sus miembros como homosexual es enorme. Habitualmente, son informados por el propio afectado, cuando él no resiste más continuar soportando en soledad una situación que lo desconcierta, sumiéndolo en profundas angustias y depresiones, acompañadas normalmente de una autoestima mínima. Lo hacen en su valiente decisión de enfrentar al mundo, ya que, como si lo anterior fuera poco, de no hacerlo, no pueden definirse ellos mismos como personas frente a la vida. Los nervios y el miedo al desprecio e incomprensión, muchas veces, los hace manifestarse de formas torpes o que parecen explosivas, lo que es interpretado casi como una agresión por sus familiares que se sienten “normales” o comunes, agravando el estado general de la situación. Esta manifestación, generalmente ocurre durante la adolescencia.
Lo que debemos hacer es darles afecto, comprensión, aceptación, y ayudarles sincera y efectivamente a buscar su camino en esta vida. No importa que el proceso sea lento, esto se comprende por lo difícil que es aceptar la realidad; pero, si no los ayuda su familia, su principal apoyo en la vida, entonces su propia familia los estará empujando a buscar fuera de su casa lo que les fue negado. Un riesgo inmenso, donde nadie puede saber hasta dónde llegará el grado de daño que se causa, tanto al homosexual, como a todos los miembros de la familia, que reniega de un hijo/a o de un hermano/a, en una forma tan cobarde.
Este tema es de especial importancia y debe comprenderse en su real dimensión: nuestra sociedad oculta la enorme cantidad de personas homosexuales que muere cada año (auto-eliminados), por no haberse sentido capaces de aceptar lo que significa enfrentar por el resto de sus vidas a una sociedad hostil, hipócrita y egoísta frente a su realidad. Conocer la posición cristiana frente a este tema es efectivamente muy importante, ya que ayudará no sólo a salvar vidas, si no, también, a formar una sociedad más justa y consecuente con los principios que decimos tener.
Prejuicios y generalizaciones, un mal de nuestro tiempo
Por último, no podemos dejar de referirnos a los homosexuales exhibicionistas y practicantes tan publicitados por los medios. Constituyen una muy pequeña minoría, de conductas claramente “anormales” las que muchas veces caen en la pornografía y la degeneración. Pero las conductas “anormales” no son exclusividad de los homosexuales; las hay también y quizás más, en las personas que nos denominamos “normales”. No existe relación alguna, entre “degenerado” o “depravado” y homosexual, como algunos creen. Los pervertidos, degenerados o depravados, de cualquier condición o sexo son personas con su mente alterada, valores escasos, y una autoestima mínima; El afecto lo tienen ligado sólo a la búsqueda de su placer personal. Son personas que requieren tratamiento especializado (médico o psiquiátrico), con cuya ayuda y mucha prudencia y el afecto de quienes los rodean, podrían llegar a cambiar su conducta. Estos son enfermos y, como tales, deben inspirar nuestra compasión, pero no seamos simplistas cayendo en prejuicios y generalizaciones que estigmaticen a inocentes.
El homosexual común es una persona, y necesita que se le permita desarrollar una vida normal y natural; Ya tiene suficientes problemas para manejar y superar su condición como para que les pongamos obstáculos adicionales. Si a alguien le es difícil aceptar la presencia habitual de un homosexual, que imagine cuán difícil es para ellos aceptarse a sí mismos para toda la vida.
Ellos pueden ser grandes. Su condición, generalmente, les permite desarrollar una sensibilidad superior a la común. El sufrimiento que les produce la lenta aceptación de sí mismos y el poder lograr un espacio en la vida, los hace crecer mucho como personas, llegando ser, muchas veces, grandes hombres y mujeres, realmente valiosos para nuestra sociedad y para Dios.
Quisiera invitar al lector a leer la maravillosa Pastoral sobre la Homosexualidad de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada por Juan Pablo II y firmada por quien hoy es Benedicto XVI. Nos ha sido regalada a todos los católicos, para que nadie tenga dudas acerca de cuál es la postura de la Santa Sede en esta materia.
Por: Eduardo Armstrong
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